martes, 12 de mayo de 2009

Mundo cepapero



La vida a vuelto a florecer después de habitar en las penumbras más oscuras del mundo cepapero. El mundo cepapero es algo intangible y desconocido que resbala a los oídos de quienes acostumbran a respirar con normalidad las más de sus noches, o sus días, según se tercie. Al igual que otras muchas dolencias, la que padecemos los cepaperos es especialmente desagradecida e inapta para suscitar empatías.

Después de inhalar la dosis prescrita de corticoesteroides mis fosas nasales se abren como una autopista donde el aire corre a sus anchas sin límite de velocidad. Puedo beberme una copa de vino o una cerveza de más sin temor a presentir la asfixia que me ha de aguardar en el transcurso de la noche. ¿Quién se acuerda de los cornetes hipertróficos o de la desviación de mi tabique nasal?

Tan sólo vislumbro el final de una vida loser a una disfunción pegada mientras saboreo el complejo sabor de una copa de Glenmorangie. Pienso en toda la vida que me queda por delante a pesar de mi tocha corrupta y traicionera. Me decido a vivirla sin más, aún a sabiendas de que puedo volver a fracasar víctima de un ictus repentino o de la ignorancia de quienes no me van a llegar a comprender nunca.

Pienso en el amor más dulce que se amarga por la apartosidad de una máscara oronasal o por el terror que puede llegar a infundir una máquina llamada CPAP, cuyo único delito es el de murmurar por las noches.

El sabor deprimente que aun conserva mi recuerdo no es cosa baladí. Las noches de asfixias solitarias, las siestas imposibles, las apneas, las malditas apneas que me asaltan silenciosamente y sin descanso, nada tienen que ver con el insensato que se dedica a bajar sin recato a las profundidades marinas.

sábado, 31 de mayo de 2008

D.O. Penedès


Normalmente, siempre está la opción de considerar que es un bache, el momento por el que uno transita, agobiado por la sensación de un fracaso total en su vida personal e intelectual. Un vaso de buen vino, me ayuda ahora a exorcizar mis emociones.

Son momentos de alarma, me describo como un desecho predecible de una estructura social premeditadamente injusta. Y cómo no, el loserismo vuelve, en estos momentos, con más fuerza que nunca.

Siento el deber de recomendar, no obstante, la denominación de origen Penedès para garantizar el disfrute de un buen caldo de tinto y, quizás, la compañía hipotética de alguien, en estos momentos de flaqueza. La realidad es que no hay nadie que quiera desafiar conmigo la soledad de una madrugada común y vulgar.

La cama me espera, como siempre, estirada a lo largo de la habitación. Me resisto a sucumbir en ella, pero la tentación es fuerte. Me arrimo entonces al vaso de vino que me queda, mientras pienso en la delicadeza compartida con mujeres prescindibles que bien merecen otra consideración.

Apuro el último trago, lo saboreo, distingo el sabor complejo de las buenas denominaciones y recuerdo la mía, de loser absoluto. ¡Qué momentos los de ahora! Mejor olvidemos que el hoy ha existido y sigamos la recomendación de no obsesionarnos con ningún pensamiento fútil.


viernes, 23 de mayo de 2008

Destroyerismo loser (o un mal día lo tiene cualquiera)



El 2008 parece un gran año; rayas de speed, borracheras infatigables y delirios amorosos abocados al fracaso. Son los 30 (putos años), o las noches donde el sueño se fragmenta clandestinamente. En los días como hoy uno sólo siente el amargo sabor de la derrota.

Mi cabeza vuelve a ser un vertedero de emociones. Ya sólo pienso en cómo suicidarme sin tener que sufrir. Reivindico para mis adentros el derecho a una muerte rápida y segura. Paradójicamente, la vida ofrece muchas posibilidades para acabar con uno mismo, tan sólo es cuestión de decidirse por la que más nos conviene.

Volarse la tapa de los sesos, como se dice en clave cinematográfica, es una opción que ofrece muchas garantías y es estéticamente irreprochable. Pienso, no obstante, que no tengo capital suficiente para costearme dicha suerte.

La opción del pastillazo, es atractiva y se ajusta más a mis posibilidades, pero su carácter depresivo no casa bien con los postulados nietzscheanos que rigen mi vida y espíritu. No quiero morir como un cobarde, postrado en la cama y dejándome llevar, como embebido, por el potencial trágico de mi muerte. Soy romántico, pero no a cualquier precio.

Puerca vida la de los losers como yo, ha llegado el momento de hacer frente al sinsentido y a la fatalidad de nuestras vidas. Propongo muscular nuestras voluntades y afinar la razón para que, llegado el momento, nuestro último acto de vida se convierta en la confirmación más rotunda de la voluntad.