martes 22 de enero de 2008

Literatura entre Comes


Nuevo año, nuevas derrotas, pienso, mientras leo en el periódico que Melcior Comes ha ganado el Premio Josep Pla de novela.

En su día me topé con él y su pedantería, perfectamente adaptada a su semblante percutido por ínfulas antigregarias. Le recuerdo rodeado de un séquito de jóvenes universitarias que no se sabía muy bien porqué, estaban ahí. Personalmente nunca me interesé por descubrir en qué punto de su persona radicaba su belleza.

Hoy lo veo en la portada de un diario, con la sonrisa fácil del éxito y la solemnidad malentendida de quien no es capaz de superar la liturgia y ortodoxia literarias. Probablemente, tampoco tenga nunca verdadero interés por hacerlo.

El protagonista de Littell es un cabrón desde el principio mientras que Walter Stamm es una buena persona atrapada por los acontecimientos históricos, dice en alusión a la aclamada Las Benévolas del citado autor.

Cuando leo estas palabras no puedo comprender a qué está jugando. Esto no es un ensayo general, señores: esto es la vida, dijo una vez Oscar Wilde. Lo mismo sucede con la literatura. Algunos escritores desconocen absolutamente que la literatura bien entendida no es un juego, ni una carrera al sprint donde se trata de ver quien gana mejor y primero. Es una carrera de fondo, de mucho fondo emocional.

Algunos tampoco entienden que la buena literatura se hace a base de fracturas. Uno tiene que romperse todo para llegar a tener algo que decir que revista verdadero interés para los demás. No vamos bien, amigo Melcior, con afirmaciones como esta. Todavía eres una pelagatos con ciertas dotes y el oficio bien aprendido, eso sí. ¿Pero dónde está tu duende para el cante jondo literario?

En este contexto es comprensible que sea alguien como tú quien afirme que la novela es el único género que realmente puede aportar una nueva dimensión humana desde un punto de vista muy completo. ¡Pobre condenado a la efervescencia del éxito que se retroalimenta! Sólo desde la profunda ignorancia de un novato con ganas de comerse el mundo, se puede tener la osadía de proclamar una sentencia tan errónea.

No todo es liteartura, ni todo son novelas, ni todo eres tú, amigo Melcior.

domingo 20 de enero de 2008

Llueve sobre Berlín


Empiezo a ver la luz después de mi particular infierno loser. Siempre me queda el pensamiento único de serbuenapersona, reflexiono. Ahora estoy en Berlín, donde las cosas son muy distintas, todo me huele a triunfo, a victorias, a aire limpio.

Tengo ganas de quedarme aquí, de venirme cuanto antes de la decadente Barcelona. Pero los losers como yo tenemos un sexto sentido que detecta posibles infiernos venideros: estoy viendo que Berlín puede ser una gran ciudad para acabar sucumbiendo definitivamente al peor de ellos.

Paseo por sus calles mojadas, mientras husmeo el cadáver de un recuerdo. Hago fotos de sus escenarios, primeros planos de los edificios, de la calles, de los lugares por donde se fue construyendo. Es un cadáver exquisito.

Hoy es mi último día aquí, no hace frío, pero sigue lloviendo insistentemente. Me levanto con una ligera resaca después de la fiesta de ayer en casa de unas brasileras dignas de tal apelativo. Estoy algo confuso, intento situarme, localizarme con la ayuda de cuatro ventanales sin cortinas que, justo encima de mi cabeza, me bañan con intensa luz.

Será mi último paseo por la ciudad, no voy a visitar ningún museo, ni tengo ganas de hacerlo. Me niego a tener que asimilar en tan poco tiempo, todos los hechos históricos que concentra esta ciudad con cada paso que uno da.

Desorientado por la urgencia más escatológica entro en un elegante café, muy cerca del Zoologischer Garten, en Charlottenburg, el barrio más chic de Berlín. Allí, decido pedir un expresso machiatto para que me acompañe en la fatigosa lectura de El Malogrado de Bernhard. Ahora celebro la excepcional combinación.

Sumido en la lectura, me distraigo con la presencia de una señora mayor y distinguida que me sugiere la fantasía perversa de ser una testigo excepcional de las atrocidades del nacionalsocialismo alemán. Me la imagino en su juventud, con el brazo en alto aclamando al führer al grito de Heil Hitler!

Se me acaba el expresso machiatto, pido otro. Estoy excitado por que acabo de presentir con manifiesta claridad que mi otro futuro está aquí. Y quiero saborearlo.