
Dulce porvenir parecen estas horas que se acaban con el chasquido de un recuerdo singular. En mi memoria no habitan los relámpagos de días fracasados, habitan los truenos de mis días más felices.
Ahora quiero imaginar que soy Immanuel Kant con el cuerpo de Bruce Lee, ¿qué, quién me va a detener? Me siento un superhombre con ganas de partir brazos y piernas por doquier. Quiero reventar la cara de toda esa chusma ciudadana víctima del narcisismo colectivo, la del capullo que me está mirando en la cola de un supermercado, con soberbia y sin tener motivos para ello. ¿Por qué me mira fijamente?
No tardo en percatarme de lo que lleva escrito en su camiseta: The Ultimate Fighting Chamionship. Si a eso le sumamos sus casi dos metros de altura y un ancho nada despreciable, deduzco que, en caso de hipotética pelea, mi integridad física dejaría de ser tal.
Pero lo que antes hubiera supuesto un duro golpe para mi ego y una constatación más de mis limitaciones como ser modesto e insignificante, ahora supone un reto que no tardo en afrontar. Mientras le vacilo con el imperativo categórico y le torturo haciéndole entender que tiene que atreverse a pensar, le doy un golpe seco en la nuez que lo deja noqueado por momentos, es un instante crucial que aprovecho para romperle las dos piernas con una llave maestra de jeet kune do. Apenas me despeino.
Su novia se queda pasmada con mi superioridad, física e intelectual, admite la derrota y noto que empieza a flirtear conmigo (pienso en el instinto de supervivencia). Le sigo el juego, vamos a los lavabos y me obsequia con un recital de blowjobs memorables. Qué sabia es la naturaleza, concluyo. Pero me disgustan sumamente las mujeres primitivas que sólo buscan a primates sobreprotectores, así que la rechazo sin más.
Ahora tengo que volver a la pesadumbre del ser que aspira (a) algo más que rayas, hago flexiones cada mañana y me entretengo siempre que puedo con algún funesto combate de boxeo. A pesar de estas actividades declaradamente anti-intelectuales, sigo leyendo mis libros sobre la voluntad de poder o el concepto de masa aplicado a la muchedumbre.
Acato mis pésimas aptitudes para el cuerpo a cuerpo y decido masturbarme con algún fragmento de Sade. Llega entonces el final del humano Kant Lee y mi más patético regreso.
Ahora quiero imaginar que soy Immanuel Kant con el cuerpo de Bruce Lee, ¿qué, quién me va a detener? Me siento un superhombre con ganas de partir brazos y piernas por doquier. Quiero reventar la cara de toda esa chusma ciudadana víctima del narcisismo colectivo, la del capullo que me está mirando en la cola de un supermercado, con soberbia y sin tener motivos para ello. ¿Por qué me mira fijamente?
No tardo en percatarme de lo que lleva escrito en su camiseta: The Ultimate Fighting Chamionship. Si a eso le sumamos sus casi dos metros de altura y un ancho nada despreciable, deduzco que, en caso de hipotética pelea, mi integridad física dejaría de ser tal.
Pero lo que antes hubiera supuesto un duro golpe para mi ego y una constatación más de mis limitaciones como ser modesto e insignificante, ahora supone un reto que no tardo en afrontar. Mientras le vacilo con el imperativo categórico y le torturo haciéndole entender que tiene que atreverse a pensar, le doy un golpe seco en la nuez que lo deja noqueado por momentos, es un instante crucial que aprovecho para romperle las dos piernas con una llave maestra de jeet kune do. Apenas me despeino.
Su novia se queda pasmada con mi superioridad, física e intelectual, admite la derrota y noto que empieza a flirtear conmigo (pienso en el instinto de supervivencia). Le sigo el juego, vamos a los lavabos y me obsequia con un recital de blowjobs memorables. Qué sabia es la naturaleza, concluyo. Pero me disgustan sumamente las mujeres primitivas que sólo buscan a primates sobreprotectores, así que la rechazo sin más.
Ahora tengo que volver a la pesadumbre del ser que aspira (a) algo más que rayas, hago flexiones cada mañana y me entretengo siempre que puedo con algún funesto combate de boxeo. A pesar de estas actividades declaradamente anti-intelectuales, sigo leyendo mis libros sobre la voluntad de poder o el concepto de masa aplicado a la muchedumbre.
Acato mis pésimas aptitudes para el cuerpo a cuerpo y decido masturbarme con algún fragmento de Sade. Llega entonces el final del humano Kant Lee y mi más patético regreso.



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